Textiles andinos: Paracas, Nazca y Chancay — tres formas distintas de tejer el mismo territorio

Decir «textiles andinos» como si fueran una sola tradición es, en realidad, una simplificación considerable. Paracas, Nazca y Chancay —tres culturas que se desarrollaron en distintos tramos de la costa peruana, en distintos siglos— dejaron tradiciones textiles tan diferentes entre sí como sus propias cerámicas o arquitecturas. Comparar sus técnicas, en lugar de mencionarlas todas bajo la misma etiqueta de «artesanía ancestral», revela algo mucho más interesante: civilizaciones que competían, literalmente, por dominar el lenguaje del hilo.

Paracas: el bordado como obra maestra absoluta

Los textiles de Paracas (aproximadamente 700 a.C.–200 d.C.), encontrados principalmente en la necrópolis de Wari Kayan, en la península de Paracas, son considerados por buena parte de la arqueología textil mundial como la cumbre técnica del bordado precolombino. Las cifras, más que las palabras, explican por qué: algunos mantos Paracas alcanzan hasta 500 hilos por pulgada cuadrada, una densidad que supera ampliamente a los tejidos de algodón más finos producidos hoy comercialmente (entre 180 y 200 hilos por pulgada). A partir de apenas cinco colores base, los tintoreros paracas lograron generar 190 gradaciones distintas, bordadas sobre mantos funerarios que envolvían a los muertos en posición fetal, como si los devolvieran simbólicamente al estado de una semilla.

textiles andinos peru

La figura más repetida en estos bordados es el llamado «ser oculado»: una deidad de ojos exageradamente grandes que combina rasgos humanos, felinos y de ave, interpretada como una representación de la cosmovisión andina de los tres mundos (el de arriba, el terrenal y el de abajo) condensados en un solo ser.

Nazca: la misma costa sur, otro énfasis cultural

La cultura Nazca (aproximadamente 100 a.C.–800 d.C.) heredó parte del vocabulario simbólico de Paracas en el mismo territorio de la costa sur, pero concentró su mayor virtuosismo creativo en otro soporte: la cerámica policroma y, por supuesto, las gigantescas Líneas de Nazca trazadas en el desierto. Sus textiles, aunque menos célebres que los de Paracas, continúan utilizando figuras de seres míticos relacionados, expresadas con un estilo más estilizado y abstracto. Es un recordatorio útil: dentro de un mismo territorio geográfico, dos culturas sucesivas pueden volcar su genio artístico en medios distintos, sin que una iconografía reemplace por completo a la anterior.

textiles nazca

Chancay: textiles para la vida, no solo para la muerte

Mucho más al norte, en la costa central, la cultura Chancay (1200–1470 d.C.) desarrolló una textilería radicalmente distinta en propósito y técnica. En lugar de privilegiar el bordado sobre tela base, los chancay dominaron la gasa —un tejido de algodón extremadamente ligero y abierto—, el tapiz, el encaje con aguja y el textil pintado a pincel, con motivos de la serpiente bicéfala (símbolo de dualidad cósmica), aves, peces y figuras geométricas de trazo casi infantil.

Un detalle técnico que distingue a los tejidos del antiguo Perú —incluidos los chancay— de los tapices europeos de la misma época: mientras los tapices europeos se trabajaban y se exhibían solo por un lado (como un cuadro colgado en una pared), los textiles andinos se llevaban puestos, por lo que ambos lados de la tela debían tejerse con el mismo esmero. Los chancay también son célebres por sus muñecas de tela rellenas, que no eran juguetes sino objetos funerarios de valor ritual.

textil chancay

La plumería: el cuarto material que casi nadie menciona

Más allá del algodón y la lana de camélidos, las culturas del antiguo Perú incorporaron un material que pocos relatos turísticos explican con suficiente detalle: las plumas de aves amazónicas. La cultura Wari (siglos VII–X d.C.) produjo uno de los conjuntos más espectaculares conocidos: 96 paneles de algodón cubiertos con plumas de guacamayo azul y amarillo, depositados como ofrenda en el sitio de Corral Redondo, en Arequipa, y descubiertos por campesinos en 1943. Doce de esos paneles, adquiridos por el coleccionista Nelson Rockefeller, se exhiben hoy en el Museo Metropolitano de Nueva York.

Lo que hace este material verdaderamente fascinante es un hallazgo científico reciente, publicado en marzo de 2026 en la revista Nature: un equipo de investigadores analizó el ADN y la composición química de plumas de guacamayo halladas en tumbas de la cultura Ychsma, en el santuario de Pachacamac, cerca de Lima. El análisis isotópico reveló que esas plumas no correspondían a aves cazadas en la selva y transportadas ya muertas, sino a guacamayos vivos, trasladados a pie a través de los Andes —un trayecto de varios cientos de kilómetros— y cuya dieta había cambiado por completo al llegar a la costa. Esto confirma la existencia de una red comercial transandina de aves vivas, varios siglos antes de los incas, dedicada específicamente al comercio de plumas como bien de prestigio.

Cómo se obtenían realmente los colores

Ningún textil andino sería posible sin un dominio sofisticado de los tintes naturales, y este es, quizás, el aspecto más subestimado de toda la tradición textil prehispánica:

  • Rojo (cochinilla): el tinte rojo más valorado se obtenía de la cochinilla, un insecto parásito que vive sobre las pencas del nopal (tuna). El insecto se recolecta, se seca y se muele para liberar el ácido carmínico, el pigmento responsable del color. Hoy, el Perú es uno de los mayores productores y exportadores de cochinilla del mundo.
  • Marrón: obtenido de la corteza del aliso, un árbol común en la sierra y en las vertientes andinas cercanas a fuentes de agua.
  • Mordientes para fijar el color: los tintoreros prehispánicos no solo conocían las plantas y los insectos que daban color, sino también las sustancias necesarias para fijarlo de forma permanente a la fibra —los llamados mordientes—. Entre los más documentados están la «qollpa» (un sulfato de aluminio natural) y la «alcaparrosa» (sales de hierro), además del uso de la orina como fuente de amoniaco y la chicha como agente ácido.

Esta combinación de pigmento más mordiente es la razón por la que los colores de mantos Paracas de más de 2,000 años de antigüedad siguen siendo, hoy, sorprendentemente vívidos.

Por qué esta comparación importa para quien visita el Perú

Ver textiles prehispánicos en un museo de Lima o Cusco cambia de sentido cuando se entiende que no se está viendo «artesanía antigua» de forma genérica, sino el resultado de tradiciones técnicas radicalmente distintas, desarrolladas por civilizaciones separadas por siglos y cientos de kilómetros, que llegaron a soluciones tan sofisticadas como una red de comercio transandino de aves vivas solo para conseguir el color exacto de una pluma.

En Peru Journeys

En los itinerarios que incluyen visitas a museos textiles o colecciones arqueológicas —como el Museo Larco o el Museo Nacional de Arqueología en Lima—, ofrecemos a cada viajero el contexto necesario para distinguir estas tradiciones entre sí, en lugar de presentarlas como una sola «cultura textil andina» indiferenciada.

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